MIS EXPERIENCIAS DE ADOPCIÓN CON ANIMALES

Tuve un sueño que se repetía en mi mente durante varias noches:  -En la puerta de mi casa me dejaba alguien desconocido un bebe en una pequeña cuna de mimbre con una nota: "Este bebe para ti. Quiero que seas su madre y le des amor como yo lo hice durante este corto tiempo que ha sido mi hijo".

Pasaron pocos días desde aquel sueño que me había dejado pensativa  Estaba caminando cerca a mi casa y sobre mi pecho cayó una gata hermosa de dos meses. La sostuve en mis manos. Su cara era dulce y sus ojos me miraban con amor. 

Sentí amor a primera vista por el animal y lleve a mi casa y luego al veterinario. Estaba sana y la hice vacunar. La gata maullaba por hambre y le di en día un paquete de alimento. Comió casi lo equivalente a quince días.

Con la llegada de mi gata comprendí que aquel sueño tenia la finalidad de prepararme para ser madre adoptiva de una gata. Ha pasado un año desde que adopté la gata y he establecido una relación muy fuerte y amorosa con ella. Mi gata me ha ayudado a entender que ser adoptado es una bendición pues se tiene por segunda vez la oportunidad de tener un hogar cálido y amoroso.

Después de esta experiencia, decidí tramitar la adopción de un perro a través de una fundación  para darle una familia a un perro sin hogar. Fue un proceso muy bonito. Diligencié el formulario de adopción  me hicieron entrevistas por medio de Facebook, una abogada (defensora de los derechos de los animales) visitó mi casa y observo a mis mascotas y mi relación con ellas. También me solicitaron fotos de mi familia y de mascotas anteriores. Me pareció interesante hacer todo el proceso de adopción y muy seria la fundación con la selección del hogar adoptante para un animal.

En la entrevista me hicieron preguntas que nunca me hubiera hecho: "¿Cómo será tu vida dentro de diez anos con el adoptado? Cuando he tenido mascotas no pienso en eso. Lo único que se me ocurrió responder: en diez años me imagino con un hogar unido, lleno de amor donde el perro adoptado es un miembro de mi familia y es tratado con respeto y con la misma consideración que los demás que conforman mi hogar. 

Otra pregunta que me impactó de la entrevista: ¿Qué pasaría si se muriera con el adoptado? Esta pregunta si que me removió mi herida de la orfandad y del desamparo. 

Y lo primero que pensé  no quiero que mi mascota se quede sola y desamparada. No se me ocurría a quien escoger para que se encargara de su crianza si yo falto. Finalmente escogí a mi pareja y un amigo como las personas más indicadas para cuidar del animal. No me imaginé que una pregunta así me angustiaría pero si porque remueve heridas cicatrizadas de mi adopción.

A las dos semanas adopte una perra de raza pastor alemán de cinco meses de edad que había sido maltratada y abandonada en la calle por su propietario anterior. La perra llegó con mucha desconfianza y nerviosismo a mi hogar. En casa todos aplicamos "la terapia del abrazo seguro" para ayudar a la adoptada a adaptarse. Esta terapia le ayudo a confiar y a establecer un vinculo afectivo a la perra con nosotros.

Como adoptada le di a la perra adoptada todo el amor y la seguridad que necesita para acoger a su familia adoptiva. El animal sintió todas las fortalezas que le transmitía con el abrazo seguro y los cambios se empezaron a notar en su comportamiento. Se mostraba mas cercana, segura de si misma, amorosa y tranquila. En ese momento encontré que la perra me pudo adoptar como su nueva propietaria y que ella se sentía parte de mi familia. 


Meses después falleció la gatica que adopté primero. Este acontecimiento deprimió mucho a la perra adoptada. Su apetito disminuyó, perdió peso y se le comenzó a caer el pelo. Su comportamiento empezó a cambiar: se orinaba en las camas, no quería compartir absolutamente en ningún momento con los humanos.

Empecé a observar cómo la perra quería estar aislada y había perdido el interés en la relación con humanos y otros animales domésticos. Desestabilizó emocionalmente el hogar, al punto que tomé la decisión conjuntamente con mi esposo de darla en adopción. Esta ha sido una de las decisiones más difíciles en mi vida. Seguramente otra persona que no sea adoptada, resuelve la situación con la perra tirándola a la calle. En mi caso esto no lo haría nunca, porque he vivido lo que es haber sido abandonada y la incertidumbre de no saber qué pasará conmigo siendo una bebé. Conté con suerte de tener un hogar adoptivo y por eso mismo, lo hice con el animal.

Mi esposo y yo buscamos a la persona que nos la había entregado y que se comprometió a conseguir otro hogar para la perra. En cuestión de una semana, apareció un adoptante en otra ciudad a 300 kms.

Viajamos en auto a la otra ciudad donde esa persona había conseguido un nuevo hogar adoptivo. Cuando llegamos y abrimos la puerta del auto, el animal salió corriendo a esconderse en otra casa. Mi esposo se acercó con calma y logró que ella se acercara lentamente. Estaba totalmente bloqueada y en estado de pánico. Se la entregamos al nuevo dueño, que nos dijo que intentaría por dos semanas tenerla, esperando que se adapte a su hogar.

Sentí tranquilidad de dejarla en un hogar y en lo más profundo de mi corazón sé que fue una decisión de amor. Ella no fue la perra más afectuosa y cercana, sintió mucho miedo e inseguridad y no se permitió dar amor, no la juzgo. Por el contrario, la comprendo completamente. Ella vivió una etapa de maltrato con el dueño anterior, llegó a mi hogar a vivir su etapa de estrés posttraumático y pasó a un nuevo hogar a continuar elaborando su experiencia traumática. 

La perra tuvo etapas de síndrome de Estocolmo, donde anhelaba estar nuevamente con su maltratador considerando que con él estaría mejor. Me dolió observar esta conducta en ella, pero la perra tenía que vivir este proceso que se transita en etapa de estrés posttraumático. Ella me hizo recordar cuando extrañaba a mi madre adoptiva maltratadora y lloraba al sentir un gran vacío por no recibir su maltrato.

Mi gata fue un gran apoyo para la perra, pues la ayudó a integrarse. Estar con un animal que había vivido una experiencia similar, le ayudó a sentirse mejor a la perra. Fue una lástima la muerte de esta gata, porque la perra perdió su norte. Ella entró en un estado de mutismo y de desconexión con su entorno.

Esta experiencia con la perra adoptada me hace recordar de mi adopción que cuando era pequeña, era tanto el deseo de ser amada que tendía a esperar demasiado de mi familia y del entorno. Recuerdo que era un deseo insaciable y que por su misma naturaleza me sentía muy frustrada. Siendo adulta reconocí que tenía expectativas muy altas respecto a las personas y que debía cambiar esta conducta, aceptando a las personas como son y que dan de ellas mismas lo que pueden. 

Por esta gran herida causada por la deprivación afectiva que tuve en mi niñez, quedé cargada de una rabia incontenible que me bloqueaba para amar si no sentía la seguridad que iba a recibir amor de los demás. 

Hubo una época durante mi adolescencia que me sentí muy mal por esto, y me dolió reconocer que me había convertido en una persona muy calculadora, que medía todo lo que daba y recibía en los intercambios humanos. Sin darme cuenta comencé a relacionarme de manera muy interesada, convirtiendo mis relaciones humanas en transacciones. La perra que adopté se comportaba parecido, ella calculaba lo que obtenía de parte de los humanos y de otros animales. No puedo negar que me disgustó esta actitud de ella, porque me reflejaba a mi cuando era más joven.

Esta perra removió heridas mías y se convirtió en una fuente de conflicto dentro del hogar. 

Actualmente a mi esposo y a mi no nos gusta tener problemas en el hogar por la misma vida llena de conflictos que nos tocó en los hogares adoptivos. 

Sentimos la necesidad imperiosa de tener paz en nuestro hogar y consideramos prudente no seguir ayudando a la perra a recuperarse de su pasado traumático, agradecer los buenos momentos vividos con ella y aceptar que no podíamos ayudarla más. Es muy doloroso reconocer que tenemos limitaciones que nos obligaron a darla en adopción. 

A pesar que fue una decisión de amor, si siento culpa e impotencia de no haber podido hacer más por ella. 

Sé que no soy etóloga ni experta en rehabilitación de perros, pero si me hubiera gustado haber vivido con ella una historia con un final diferente. 

Me duele haber dado la perra en adopción, como quizás le dolió a mis padres biológicos cuando me entregaron. Recreo en mi mente esta escena de mis padres biológicos entregándome y cómo podían estarse sintiendo en lo más profundo de sus almas.

Del mismo modo, me imagino a mi madre adoptiva sintiéndose limitada para amarme y no poderme devolver ni deshacer legalmente la adopción.


De esta experiencia me queda como enseñanza que no basta con adoptar, es un paso importante pero no suficiente. Es primordial que el adoptado nos adopte y acoja en su corazón  sienta que pertenece a una familia y que ese es su derecho.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

NO AMO A MI HIJO ADOPTIVO

CARTA A MI PAPA ADOPTIVO EN EL "DÍA DEL PADRE"

EL ADULTO ADOPTADO