MI ADOLESCENCIA SIENDO ADOPTADA

Cuando era adolescente estudiaba en un colegio femenino. Tenía un grupo de amigas con las cuales compartía en los descansos y hacía trabajos grupales en las clases.

Tenía un buen rendimiento académico, era disciplinada con el estudio y tenía la costumbre de dejar listas las tareas antes del tiempo previsto por los profesores para entregar, pues no me agradaba correr con las tareas o trasnocharme para entregar a tiempo. Nunca perdí ningún año escolar ni les di ningún problema a mis padres adoptivos por dificultades en la escuela. Ellos no eran exigentes, es decir que no estaban pendientes si estudiaba o no, pero me educaron para que fuera autónoma con mis responsabilidades. Por lo tanto, todos mis actos dependían de mi. Nunca me revisaron una tarea ni mis cuadernos, como si lo hacían los padres de otras compañeras, que eran compulsivos y controladores.

En el colegio participaba en eventos deportivos, estaba en el grupo de danzas y también concursaba para mención de honor en artes plásticas todos los años.

Tenía una amiga de mi misma edad en el vecindario, con la cual me reunía por las tardes a conversar y compartir cosas de las dos muy confidenciales. A ella la quise como una hermana, era una persona especial y tengo los mejores recuerdos de amistad con ella durante nuestra adolescencia, aunque ahora que somos adultas ya no somos amigas. Ella se convirtió en una persona muy superficial y materialista, y yo me alejé de ella.

Mis padres adoptivos me insistían mucho que socializara, que llevara amigos a la casa y que cultivara la amistad. Mi madre adoptiva organizaba reuniones para que compartiera con amigos y le gustaba quedarse observando cómo socializaba.

A mis padres les daba tranquilidad saber cómo pensaban mis amigos, sus intereses, conocer algo de sus familias y por eso era tanto el interés que los invitara a la casa.

Mi madre hacía comidas muy sabrosas pues cocinaba muy bien y mis amigos quedaban encantados con la invitación y siempre con deseos de regresar a mi casa.

Durante mi adolescencia fui a fiestas a conocer chicos de otros colegios. No tuve novio pero si conocí muchos chicos en el gimnasio donde iba por las tardes después de salir del colegio. También algunos amigos y amigas me presentaban amigos.

En cuanto a la sexualidad, tenía muchas inquietudes que podía hablar fácilmente con mis padres adoptivos. Como trabajaban en el área de la salud, se les facilitaba hablar de la sexualidad y hasta tenían un material didáctico para explicarme todo lo que quería saber. Mis amigas no tenían esta ventaja, pues sus padres se intimidaban con estos temas y me mandaban a mi con una lista de preguntas para que se las hiciera a mis padres y después en reunión de amigas les dijera las respuestas.

Varias amigas perdieron el año escolar, por dificultades de aprendizaje, vagancia o se fueron del colegio por traslado de sus padres a trabajar a otras ciudades. Cada una de estas pérdidas de amigas las viví como un abandono y se volvió a reabrir aquella herida del abandono de mis padres biológicos.

Necesité estar retraída varios meses porque no era capaz de tener contacto con la amiga que se había ido y que buscaba o llamaba por teléfono para saludarme. Mis amigas nunca entendieron porque mi actitud y me calificaron de ingrata. No era capaz de explicarles que su ida del colegio o de la ciudad era porque me revivía el dolor de la adopción así ellas no tuvieran nada que ver con eso. No creía que pudieran entenderlo y más cuando había detectado que sus padres las habían educado para que no vieran bien la adopción y no les iba a revelar que era adoptada. Temía al rechazo y lo evité lo que más pude. Preferí que pensaran que era ingrata, aunque me molestaba.

Finalmente, quedé en el colegio rodeada de un grupo de chicas que no eran las más amigas y con ellas me gradué. No fue posible una amistad tan fuerte como con las que se fueron antes de graduarnos

En la adolescencia me preguntaba mucho quién era y si me hacía especial el hecho de ser adoptada pues sentía que mi historia era una telenovela muy dramática. Les hice muchas preguntas a mis padres adoptivos que respondieron con paciencia cientos de veces a las mismas preguntas con respecto a mi adopción y mis raíces biológicas.

Esto me ayudó a integrar dentro de mi esa parte de mi historia tan misteriosa y tan distante de mi cómo lo eran las raíces biológicas. En esta época de mi vida me acerqué mucho a la creencia en Dios, esto me ayudó a aclarar mis dudas. Me vi muchas veces la película de "Moisés", el personaje bíblico, para entender si un adoptado tenía algo especial. 

Esta idea de ser especial la tenía desde niña donde me preguntaba si al haber muerto mi madre biológica, yo sería un ángel. Mis padres adoptivos me decían "Eres una niña humana normal, no eres un ángel" y yo me desilusionaba con su respuesta. Esperaba que algo me hiciera especial en comparación a cualquier niño común y corriente.

A veces decía cosas que a mis amigas les parecían raras. Me decían tu eres una niña igual que nosotras, no tienes nada de especial. Me sentí incomprendida. Fui al psicólogo, me dijo que lo que percibía de ser especial era "una emanación de mi yo", que me dejara de tonterías y no me siguió escuchando, dándome a entender que cuando volviera a la terapia no hablaríamos mas de este tema.

Solo vine a explicarlo después cuando hable con la amiga de una amiga que también era adoptada. Y después lo leí en un libro que me encontré en una librería sobre los adolescentes adoptados, acerca de esa necesidad del adoptado de sentirse alguien especial.

Me preocupaba que estaba creciendo y trataba de imaginarme si por mi edad casi adulta me estaría pareciendo mas físicamente a mi familia biológica. Pensaba que estar creciendo tenía esa ventaja, poder estar más cerca de mi familia biológica por el parecido físico.

Me apareció un problema hormonal y cuando el médico me dijo que era hereditario, me alegré porque para mi tener algo hereditario era una forma de saber algún dato sobre mi familia biológica. Les pregunté a mis padres adoptivos acerca de quienes podrían ser los familiares biológicos de los que yo había heredado el problema hormonal. Ellos no lo sabían  pero construyeron una hipótesis tratando de darme una respuesta válida que calmó mi curiosidad.

Pensé en buscar a alguien de mi familia biológica, en algún tío o abuelo. Y otras veces me ponía a pensar: "¿para qué buscarlos si ellos ya no están en mi vida? ¿Tiene sentido esto? Mi madre biológica murió y mi padre biológico es casado y tiene hijos, seguro se armará un drama si los busco". 

Mis padres adoptivos ante tantas dudas me llevaron donde un psicoanalista, que me afirmó:"Convéncete que no te amaron y deja de buscar a quien no te ama y no te quiere en su vida. Un adoptado es un ser no amado por naturaleza, acepta que tu destino es ser rechazada y excluida". Me quedé callada durante toda la terapia evitando la relación con este terapeuta y el psicoanalista anotó en su libreta: "Mutismo". Les dije a mis padres adoptivos que no volvería donde ese psicoanalista así me llevaran obligada, que me había ofendido e irrespetado por ser adoptada. Mis padres adoptivos no dijeron nada y no insistieron más con llevarme donde psicólogos ni psicoanalistas.

Me tome meses pensando en lo que aquel psiconalista me dijo, me seguía molestando demasiado y esas palabras de no ser amada se repetían una y otra vez en mi mente.

Después me llegó el chisme que la esposa del psicoanalista lo había dejado y se había ido con otro hombre. Llegué a la conclusión que el psicoanalista tenía un problema no sólo con la adopción sino con su vida personal y me olvidé del asunto. Pero esta experiencia me sirvió para entender que gente que es infeliz con sus vidas hace comentarios para destruir la felicidad de los demás y por eso cuando alguien se refiere a la adopción de manera despectiva, inmediatamente pienso que esa persona es "pobrecita", me da mucha lástima porque tiene un serio problema. Respiro y me tranquilizo.

En la adolescencia tuve dificultades para escoger mi verdadera vocación profesional. Sabía que me gustaba el arte, pero mi madre adoptiva me prohibió estudiar una carrera artística y no quería que fuera artista porque para ella eso era sinónimo de ser una prostituta degenerada. Por otra parte, tenía muchas dudas acerca de quién era y de donde venía, esto me afectaba pues  no  tenía un origen ni unos cimientos desde donde comenzaba mi trayectoria para definirme en mi vocación.

A mis amigas se les facilitó mucho escoger una carrera universitaria, en cambio a mi no. La gente me veía como una desubicada en la vida y tuve que soportar muchas críticas al respecto de parte de mis amigas y de los adultos.

Los adultos amigos de mis padres solían preguntarme:"qué estudiarás cuando termines el colegio?" . Me ponía seria y volteaba la cara para dejarlos con la palabra en la boca. Dentro de mi resonaba en ese momento: "Si no sé quién soy ni de dónde vengo, cómo puedo saber qué quiero estudiar, hacer con mi vida si lo que creía que me gustaba me lo han prohibido?".

Cansada de tantas preguntas, le comuniqué a mi madre que estaba harta de sus amigos y sus preguntas, que les dijera ella la verdad de lo que estaba pasando conmigo. Entonces fue peor, ella empezó a decirles que quería ser una prostituta.

Hablé con mi padre y tenía mucho interés en que aprendiera sobre computación. Le prometí que sería ingeniera de sistemas y mi madre tampoco estuvo de acuerdo porque decía que solo servía para ser una prostituta.

En la adolescencia cuando me sentía incomprendida, buscaba un libro que tomaba de la biblioteca de mi padre y me sirvió para sentirme acompañada, cuando me quedé con pocas amigas. Encontré en la lectura de libros una forma de evadir las agresiones en reuniones de la familia adoptiva a las cuales me obligaban a asistir todos los domingos. 

Mi familia se burlaba porque leía, les decía que lo hacía porque no había nadie con quién conversar en esas reuniones familiares. Se mostraban ofendidos que les hiciera sentir que ellos eran nadie. Me quedaba callada, sabía que si seguía hablando, alguno podría sacar un cuchillo y cortarme o algo peor. Entonces si tuve momentos de sentirme muy sola, incomprendida y encontré en la lectura de cuentos y novelas históricas un refugio. 

Mi padre me regaló una laptop y también la llevaba conmigo para jugar o practicar otros idiomas cuando tenía que frecuentar entornos hostiles, y de esta forma me desconectaba del entorno. La gente hostil me criticaba porque no me relacionaba con ellos. Creé una máscara social de protección que funcionaba y era hacer que me percibieran como una chica tímida y antipática. Funcionó y de esa forma comencé a darle manejo a los ambientes hostiles, que esto en cierta forma fue lo que me recomendaron los psicólogos para poner límites a los ataques violentos.

Mis padres se preocuparon por mi comportamiento, especialmente por la antipatía con la gente y me llevaron nuevamente al psicólogo. Llegué a la consulta con mi actitud de mutismo, que noté que con el psicoanalista anterior me había funcionado. Hasta que el psicólogo perdió la paciencia y me regañó por no hablarle. No aguanté más y le dije finalmente lo que me sucedía. Me explicó que por qué no intentaba ser hipócrita con la gente, en especial con la familia adoptiva, mostrarme amable y falsa así los detestara. 

Quise probar esa nueva actitud y mi madre psicópata que estuvo muy  de acuerdo con ese psicólogo me entrenó para ser hipócrita. En menos de una semana me había convertido en una persona hipócrita. Noté que mi familia adoptiva asumió la misma actitud hipócrita diciéndome que les agradaba mi nueva manera de ser. Al principio fui inocente y pensé que cambiarían, pero no. Mi abuela materna adoptiva me dijo delante de todos: "En privado hablamos muy mal de ti, y es algo que seguiremos haciendo porque nos encanta". Mis tíos y mis primos adoptivos se rieron en tono de burla y apoyaron a mi abuela. Mis padres sólo se sonreían con falsedad y se quedaron callados.

En el colegio mi nueva actitud hipócrita disgustó a muchas de mis amigas y compañeras. Mis relaciones de amistad cambiaron y yo sentía que nada podía hacer para que todo volviera a ser como antes. Mi madre adoptiva como era psicópata me había ensenado a manipular y a ser cruel, y junto con el psicólogo me mostraron que ese era el ejemplo que debía seguir. Ella me enseñó a ser fría, sin sentimientos y aprender a manejar a la gente como si fuesen fichas dentro de un juego.

Mis relaciones interpersonales se volvieron muy utilitarias, donde utilizaba a la gente según necesidad y hacía a un lado a quien me estorbaba. Mi madre adoptiva comenzó a decirle a todo el mundo que  era la mejor hija y se mostraba encantadora y consentidora conmigo, y engañaba a todo el mundo mostrándose como la mejor madre, muy sacrificada por su hija.

Comenzaron las peleas maritales  fuertes de mis padres adoptivos cuando tenía 13 años. Empezaron a dormir en habitaciones separados y de día peleaban. Mi mamá adoptiva tenia el delirio que mi papa la engañaba con una amante y que él le estaba robando dinero. Mi padre comenzó a defenderse y hacerse respetar, entonces mi madre lo atacó con más fuerza física y más humillaciones, y consiguió hacerle acoso moral a mi padre.

No soportaba ese ambiente en casa, a los 15 años empecé a defender a mi padre porque él tenía a mucha gente en su contra gracias a mi madre. Ella me volvió a considerar su enemiga, sólo que cambio de estrategia porque como ya había crecido, ya no era la pequeña débil sino una mujer más alta en estatura que ella.  Entonces jugó a ser ella la víctima mía y de mi padre, pues ella deliraba que conspirábamos en su contra y que teníamos un plan para asesinarla.

Seguí protegiéndome mostrándome hipócrita, fría y manipuladora con la gente y con mi madre adoptiva, quien me decía que tenía malos genes biológicos porque me había convertido en un psicópata y no en la dulce niña que ella había educado con valores morales dentro de una familia ejemplar.

A los 17 anos después que mi padre murió, regresé donde un psiquiatra al cual me enviaba mi madre para corroborar el diagnóstico de psicopatía. El psiquiatra pidió hablar conmigo en privado y le conté en resumen mi historia y los problemas con la familia adoptiva. Después mi madre me castigó por haberle dicho al doctor que  era adoptada y parece ser que le dañé toda la trama que ella había construido una historia llena de mentiras para que el psiquiatra me diagnosticara psicopatía.

El psiquiatra me dijo que estaba deprimida, que no era un psicópata y que mi mamá tenía un problema. Hice terapia para ser más autónoma, pero las conductas aprendidas de mi madre las conservé.


En conclusión, he resumido en detalle lo que fue mi adolescencia, tanto las cosas buenas como las dificultades que tuve, que unas son propias de ser adoptada y otras son vivencias que puede tener cualquier persona cuando crece en un hogar disfuncional o se encuentra en un ambiente hostil.





































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