MI EXPERIENCIA CON UN ADOPTADO QUE ES VAMPIRO ENERGÉTICO

Cuando se es adoptado y también se ha vivido una experiencia de maltrato familia extremo con la familia adoptiva, como es mi caso, hay momentos donde deseé tener amigos parecidos a mi que me comprendieran. Soñé con esto durante años y lo creía imposible.

Hice un viaje al exterior. Me encontré con una mujer 6 años mayor que yo, de otro país con la cual simpaticé en un tour, y que al verla que estaba hospedada en mi mismo hotel, terminamos haciéndonos amigas.

Me agradaba la idea de hacer una amiga de otro país, con otra cultura, de conocer a alguien nuevo y pasar un rato agradable durante mi viaje y mi estadía en ese hotel.

Viajamos en autocar durante 12 horas atravesando de norte a sur, ese país que visitábamos que para ambas era extraño. Por ratos hablábamos y en otros momentos estábamos en silencio. Noté que ella estaba deprimida, y la vi chateando en su smartphone, un poco incómoda que me diera cuenta que se sentía así.

Por la noche, nos quedamos conversando y ella no pudo más y me contó sus problemas. Para mi sorpresa, lo que me contó era exactamente una versión de su vida muy parecida a la mía. No se lo dije, pero me pareció mucho casualidad encontrar a una persona en el exterior con mi misma vida, sintiéndose como yo me había sentido mucho tiempo con respecto a la adopción y al maltrato.

Me agradó conversar, al escucharla sentía que podía también organizar internamente mi propia experiencia de vida.

Después del viaje, regresé a mi país y ella al suyo. Seguimos en contacto virtual. Planeamos un viaje, ella quería conocer mi país y finalmente fue a conocer la ciudad donde vivía y se hospedó en mi casa.

Cuando llegó estaba muy interesada por conocer mi país, entender la cultura, el idioma, probar la comida típica y hacer unas buenas fotos. Paseamos muy contentas, disfrutando una ciudad que aunque no es turística, en ese momento parecía que lo fuera.

Por la noche, ella no quería salir a tomar cervezas a un bar. No insistí. Nos quedamos en mi casa conversando. Ella necesitaba hablar y hablar. La escuché, le hice algunas recomendaciones, pues me las pidió y por lo que había vivido similar a ella, tenía los medios para aconsejarla y ayudarla emocionalmente.

Ella quedó agradecida con mi ayuda. Me dijo que nunca había tenido una amiga que la ayudara como yo lo había hecho. Me sentí bien ayudándola, ayudar a otro adoptado maltratado me hizo sentir mejor y fue sentir que a través de mi experiencia podía servir a la sociedad. 

Me tranquilizó poder ayudar y saber que así como me he sentido toda mi vida, había otra persona en otro país, en otra cultura y en otra familia adoptiva, sufriendo exactamente por lo mismo que he sufrido. Cuando ella hablaba contándome de su vida, era como si escuchara una grabación de mi voz y la escuchara una y otra vez. Me sentía en sintonía y muy conectada con su experiencia sentida.
Esto reforzó el lazo de amistad, y me sentí cómoda intimando con ella asuntos tan personales.

Pasó el tiempo, me di cuenta que ella trataba de no superar el trauma ni como adulta responsabilizarse de su propia vida, y que quería permanecer en una actitud derrotista y de queja permanente. Era una persona que no escucha, sólo quería quejarse. Dejé de sentir esa conexión que en un principio sentí con ella cuando hablábamos, pues ella hablaba como para escucharse y no que la escuchara.

Me escribía mensajes y se desesperaba si no estaba conectada a la Internet para responderle. Comenzó a disculparse por contarme todo el tiempo sus problemas. 

Le decía que no se preocupara, que la entendía, que había tenido etapas así de querer ser escuchada y escuchada por horas, que hubiera dado lo que fuera porque una amiga hubiera hecho eso conmigo y nadie nunca lo ha hecho. Le di a entender que ella era afortunada y me afirmó que así era.

Siguió quejándose y justificando que era mejor permanecer en constante conflicto con su familia, en especial con su madre y comencé a notar que me dejaba mensajes escritos como queriendo enviarme toda su miseria, y que yo la cargase. Noté que con ella no era posible una amistad con un equilibrio entre el dar y el recibir, sino que ella quería recibir y recibir desmedidamente, pero afectándome a mi al tirarme su miseria. Despues de hablar con ella me sentia agotada, sin fuerzas y sin deseos de hacer nada. 

Me alejé de ella, la percibí como un vampiro energético; como aquella persona que se acerca a robarte tu buena energía espiritual, tus ganas de vivir, de luchar para estar bien y dejarte después mal, deprimido o enfermo, pero que a la hora de uno necesitar algo de esa persona, el vampiro no tiene nada para darte ni para ofrecer. 

Me dio pesar tener que alejarme, pero de las cosas que he aprendido en esta vida es a cuidarme, y no solo es físicamente sino también de las personas que son vampiros energéticos. 

Me impactó encontrarme con un adoptado vampiro, y cómo gente con mi misma historia de vida puede terminar siendo un vampiro, que sigue alimentándose de sus desgracias y no le interesa solucionar sus problemas ni mucho menos superar traumas.

Un adoptado que es vampiro energético puede tener recursos para ser resiliente pero no los usa, por voluntarioso, porque prefiere alimentarse de la buena energía de los demás, dejarlos mal para después estar contento. Cuando se le agota esa energía, busca otras personas a robarles energía y en ese ciclo se mantiene, así vive y se la pasa toda su vida.

El adoptado vampiro se victimiza mucho, es negativo en su actitud de vida y no asume la responsabilidad de hacer su propia vida. Se queda anclado en un pasado traumatico y busca ganancias secundarias en este pasado para justificar que debe permanecer fijado en sus viejos traumas de infancia.









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