NO "PSIQUIATRICEMOS" MAS A LOS ADOPTADOS

Es real que nuestro hijo adoptado pueda tener una enfermedad mental, neurológica o problemas de salud que interfieren en su conducta social.

Es verdadero que llevamos nuestro hijo al doctor, que hasta peregrinamos de médico en médico, donde escuchamos diagnósticos que señalaban que nuestro hijo si tiene problemas, que harán que se comporte "diferente" a lo que espera la sociedad dentro de un contexto determinado y nos dado un nombre del trastorno, síndrome o enfermedad que presenta nuestro hijo.

Es cierto que todos los que conocen a nuestro opinan abiertamente o murmuran en voz baja acerca de lo que hace, dice o piensa, de sus reacciones inesperadas y estados de animo a veces fluctuantes o totalmente opuestos. Como padres adoptivos nos ha tocado soportar esta actitud de la gente que conoce a nuestro hijo adoptivo, que no entiende lo que le pasa o quizás son tan insensibles que hasta ni les importa, más que para burlarse con torpeza.

Todo esto puede ser la verdad absoluta de nuestra realidad en el hogar adoptivo con nuestro hijo.

Nuestro hijo está enfermo, puede recibir tratamiento médico pero en la familia sabemos que conviviremos con un hijo adoptado etiquetado como "enfermo de...".

Al darle un nombre a su enfermedad, sin mala intención podemos crearle una nueva identidad como: esquizofrénico, bipolar, retardado, depresivo, antisocial, hiperactivo, autista, catatónico, epiléptico, suicida, etc, lo cual afectará el concepto de valoración positiva que el adoptado construya de si mismo y capacidad de darse ternura a él mismo.

¿Tiene sentido dentro de nuestra labor de padres terapéuticos convertir su identidad personal en una identidad psiquiátrica?

Nuestro hijo es un ser humano tan humano como cualquier otro, no se define por su "enfermedad". Tampoco se trata de justificar que por la vida que tuvo con su familia biológica es la razón por la cual está "enfermo de...".

Un trauma por la renuncia de los padres biológicos no psiquiatriza a un niño adoptado, aunque vivimos en una sociedad que busca psiquiatrizar y psicopatologizar a todos los adoptados sin excepción. Quien no ha visto películas recientes donde el villano es un huérfano adoptado que termina siendo un criminal o un terrorista? Las películas son el reflejo de la forma de pensar de la sociedad con respecto a la adopción, lo que está en el imaginario colectivo y que se mantiene por generaciones.

Cualquier conducta o actitud "anormal" del adoptado después de este trauma en realidad es completamente normal si se tiene presente que el niño ha sido muy valiente a sobrevivir al gran impacto psicológico que tiene el abandono y/o una post-adopción estresante para él.

Entonces hay otro problema y es esa necesidad de percibir cualquier comportamiento del adoptado como anormal.

Anormal sería estar contento con el abandono de los padres biológicos.

Anormal es estar satisfecho con el rechazo por su raza o su cultura tan diferente a la del país de adopción.


Es normal estar deprimido, ansioso y muy enojado por el abandono cuando ocurre recientemente o cuando los padres le revelan que es adoptado.

Es normal el mutismo, evitar el contacto y no dejar acercar a la gente. O acercarse demasiado, intimidando a la gente. Esto hace parte de la deprivación afectiva que es normal si ha estado institucionalizado el niño o de las dificultades de apego afectivo que ha tenido el niño.

Es normal que el adoptado tenga su propio mundo interno, sus secretos y sus rituales personales que le ayudan a hacer duelos. Creó su propia caparazón de tortuga para tener un mundo interno que lo protege de la adversidad. Comprendamos que se ha sentido solo por la renuncia de sus padres biológicos y todas las implicaciones que esto tiene en su vida a nivel afectivo y emocional.

Es normal adoptar o no adoptar a la familia adoptiva. El adoptado es libre de decidir si le nace adoptarla o no, amarla o no. La adopción real nace desde el corazón no desde la legalización de la adopción en un tribunal de justicia.

Es normal estar inquieto, distraído y tener dificultades en la escuela. Así como es normal ser  muy inteligente o un niño genio que siente que no encaja en la sociedad, que a veces tiene actitudes para llamar la atención o hacer pataleta, incluso siendo ya adulto.

Es normal llevar un dolor emocional intenso y no poder llorarlo en años, si lo han educado para no expresar su llanto. O llorar demasiado con cada pataleta donde por más que le pongan atención, nunca será suficiente porque nadie llenará sus vacíos afectivos.

Es normal que utilice conductas que le permitieron sobrevivir. Si pasó hambre, es normal que robe, que mate un animal y se lo coma, o que busque comida en la basura.

Es normal que se le dificulte entender códigos sociales y que desee seguir sus propios códigos, que le permitieron sobrevivir al abandono. Códigos que la gente no adoptada desconoce y no comprende. Los adoptados tenemos códigos de conducta secretos para sobrevivir, que no se revelan pues son nuestra arma de defensa para sobrevivir en la soledad del abandono.

Luego, es anormal la gente que no entiende todo esto, que busca psiquiatrizar y psicopatologizar a un niño adoptado, que lo único que ha hecho es tener la valentía de sobrevivir y que desde su capacidad resiliente lucha por salir adelante.

El adoptado es un sobreviviente maravilloso, que persevera para estar mejor, no un "enfermo" que se hunde en las profundidades de su mal.

Ayudemos a construir una sociedad que no etiquete ni insulte a los adoptados y aprendamos a valorar sus talentos como personas agradecidas con la vida y sus grandes aprendizajes.

La sabiduría que encierra el corazón y la mente de un adoptado es un tesoro de resiliencia que debemos valorar.

Por un momento quitémonos la lupa de los ojos y dejemos de mirar el microscopio, para mirar al adoptado como ser humano y olvidarnos de ese diagnóstico médico que encasilla en una personalidad falsa al adoptado.

Si queremos que haya mas inclusión social de los adoptados dentro de la cultura del país adoptivo, tenemos que empezar por cambiar la mentalidad, dejar de etiquetar y de enfermar a quien no merece que lo enfermen con nombres propios de trastornos, síndromes, etc.







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